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  • Ariel Gonzalez Mouls

Lo digital le dio el poder a la movilización ciudadana: ¿qué podemos aprender de ella?

Fundada en 2007, ya hay más de 400 millones de personas usando Change.org, la plataforma de peticiones. ¿Cómo se logra y sostiene ese crecimiento exponencial? ¿Qué implica para una organización esta migración a lo digital? El director para Argentina y Cono Sur cree que la clave está en adaptarse y crear estrategias de impacto en un escenario dominado por la Web y las apps.


Con 13 años de historia y cientos de millones de registros activos en el mundo, Change.org se consolidó como plataforma líder de peticiones y referente en el activismo ciudadano digital. En sus orígenes, era solo un sitio web con base en la costa Oeste de EE. UU. que difundía campañas y notas sobre temas considerados progresistas y de minorías. Dos años después, con una nueva funcionalidad, dieron un giro a la historia: ahora se podía crear una petición tras leer una nota. El éxito fue tan grande que esa innovación cobró vida propia y sentó las bases de su presente.


Tres años después, llegó el segundo gran salto: expansión hacia otros idiomas y países: España, Francia, Turquía, India. América Latina vio su llegada a mediados de 2012, y Argentina unos meses después, a principios de 2013.


En este intercambio con Wingu, el director de Change.org Argentina y Cono Sur, Gastón Wright, cuenta cómo fue acompañar el crecimiento de la plataforma -que en Argentina comenzó con 67 mil personas usuarias activas hasta llegar a nueve millones hoy- y los desafíos que se vienen, tanto para Change.org como para las organizaciones que buscan migrar al mundo del impacto con base digital.


“En Argentina, el crecimiento fue enorme. No existía una plataforma de activismo digital, por lo cual la curva fue mucho más empinada que la de una red social cualquiera. Crecemos a un ritmo de entre 200 y 300 mil usuarios nuevos por mes”, explica Wright. Este no es el caso de todos los países. Hace dos años la cantidad de gente que compartía una petición por WhatsApp, es decir, el tráfico que se generaba desde esa red, era de entre el 25 y el 30%. Hoy, esa app reporta el 60%. Es decir: seis de cada diez personas que firman una petición luego la viralizan vía WhatsApp, algo que no ocurre, por ejemplo, en EE.UU.


“Tenemos los mismos desafíos del principio, pero a una escala mucho más grande. El tema está en el volumen de peticiones que se debe revisar manualmente, unas 250 por semana (y hasta 400 durante el pico por la pandemia de Covid-19)”, relata el director, al considerar las implicancias de sostener este modelo.


Aunque, más allá de gestionar un aumento constante de la demanda que genera la plataforma, detrás del tema de escalas aparece un valor clave: el activo esencial de la plataforma de ser neutral y abierta. Es decir: en ella pueden convivir peticiones enfrentadas, por ejemplo, a favor o en contra del aborto, incluso -como explica Wright- pagando el “costo” de que la ONG sea acusada, a veces, de conservadora, pero con la “ventaja” de poder apelar a la masividad y la inclusión.


“Nosotros protegemos el derecho básico de los ciudadanos a peticionar a las autoridades. Mientras se cumpla con los community guidelines, se permite. Otras plataformas tienen una línea editorial, pero Change.org no es ni conservadora ni progresista, sino de participación ciudadana”, afirma Wright. Los números que registran parecen hablar de la madurez de quienes hacen uso de la plataforma cívica: prácticamente todas las peticiones se aprueban, y apenas un promedio de cinco por mes se eliminan.


Pero, ¿cómo garantizar esta neutralidad para que inspire confianza en la sociedad civil y tenga un impacto social genuino y relevante? Existe un protocolo global: no es el equipo local -de cualquier país- el que decide la baja de una petición, sino que este equipo hace un análisis y lo pasa a otro global que revisa si esa petición cumple o no con los términos de uso. “Así se evita cualquier riesgo de discrecionalidad de un equipo local, y prima la libertad de expresión. Nos ayudan mucho los usuarios, que denuncian lo que consideran fuera de lugar”, cuenta Wright. El proceso de validación no dura más de 48 horas.


Actualmente, hay peticiones masivas, como la de juicio político al fiscal argentino Fernando Rivarola, con casi un millón de firmantes, o la que pide el cierre del zoo de Córdoba, Argentina, que sumó unas 600 mil y avanzó a fase de decisión por parte de las autoridades locales. Sin embargo, la petición que más marcó a Wright, que es Licenciado en Ciencias Políticas, es una petición de 2014 que terminó en un cambio determinante en una política de salud pública.


“Surge de un grupo de tres mamás que tenían una página de Facebook con 50 mil likes y buscaban la actualización de la ley de diabetes, que era de 1984. Con muchos padres judicializando los tratamientos, esto comienza a crecer, arman la campaña y piden a las comisiones de Salud en Diputados y en el Senado que presentaran un proyecto. En 2014, 15 mil firmas era un número importante, tendríamos 700 mil usuarios”, y amplía, “Nunca había visto algo así. Usaron una de las técnicas más efectivas que haya visto en el mundo digital. Tenían info de que la Comisión (de Salud) se tenía que reunir para aprobar el proyecto, que luego tenía que ser votado en el recinto ampliado. Pero había tres senadores que estaban bajo presión de sindicatos y Obras Sociales para no bajar a votar. Entonces, estas tres mamás mandaron una actualización en la petición y pidieron a la gente que llame a los despachos y pregunten si iban a bajar para el debate”.


Se estima que un 5% lo hizo, lo que representó unos 500 llamados a cada despacho. “La política no está acostumbrada a que un ciudadano común la interpele: a las 3 de la tarde, estaban sacándose fotos con esas madres. Y luego la ley se aprobó en tres meses, en tiempo récord”, concluye. Según Wright, ese fue el “despegue” mediático de Change, la petición llegó a 60 mil personas y resume todo lo que valora de la participación ciudadana digital, ejerciendo derechos ante las autoridades de una forma “mucho más alineada con la tecnología”.


Más allá del alto número de “victorias” ¿qué se puede hacer para seguir mejorando la tasa de éxito en las peticiones?


Argentina y España son los dos países con tasas más altas de experiencias de victoria. O sea: que firmaron una petición y después recibieron un mail que les notificó una ‘victoria’. En estos dos países (la tasa) es del 40% mensual, cuando en EE. UU., que se supone tiene una participación ciudadana digital más alta, no llega al 18%. Ese es el número que nos obsesiona y el que queremos que crezca. Pero es difícil a menos que haya una adopción mucho más generalizada de Change.org como mecanismo de resolución de problemas por el lado del sector público.


¿Y eso cómo sería?


Tiene que ver con que los organismos públicos empiecen a adoptar mecanismos que yo llamo ‘accountability digital’. Es decir, salir de los mecanismos offline formales de resolución de problemas y empezar a tomar lo digital como parte de ese flujo. Por esto, tenemos

un programa que se llama Ciudades que responden, que son perfiles de ciudades y de políticos que acuerdan que Change.org es uno de los canales válidos. Por ejemplo, con la intendencia de San Luis capital, el intendente incentivaba a los vecinos a crear peticiones con el compromiso de que él iba a responder a través de ese canal. Lo mismo sucede con el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Hay unos 200 perfiles así.


¿Cómo ves el futuro de Change.org y de plataformas similares?


Veo dos procesos. Primero, uno algo ‘darwinista’. Así como no hay lugar para dos Facebook, ni para dos Google. no veo que haya mucho lugar para dos o tres plataformas con este número de usuarios. Hoy Change.org está en torno a los 400 millones y vamos hacia a un proceso de consolidación. Por ejemplo, la petición de justicia por el asesinato de George Floyd alcanzó los 19 millones de firmas. Sí va a haber plataformas parecidas, pero más de un modelo boutique, vinculadas a temas específicos como medio ambiente, con funcionalidades que Change no hace ni haría, como formar comunidades en torno a una petición.


¿Y cuál sería el otro proceso, además de esta “darwinización”?


Tiene que ver con lo que llamo la llegada, o no llegada, a determinados tipos de audiencias. Y lo que veo es que a las OSC cada vez les va peor en términos de movilización digital. En los años ’80 y ’90, después de la transición a la democracia, yo era chico y me acuerdo de mis papás hablando de ONGs que existen hoy en día y no movilizan a nadie, pero que en esa época movilizaban a un montón de gente.


¿A qué crees que se debe esto?


Es que lo digital ha puesto un llamado de atención muy grande a estas organizaciones que tradicionalmente se han considerado como mediadoras o canalizadoras de reclamos. Hoy en día la tecnología hace posible que tres mamás hagan una ley. Me han llamado organizaciones tradicionales (que trabajaban en temas sobre diabetes) para decirme cómo puede ser que Change les dé lugar a tres desconocidos a tener ese nivel de impacto. Mi respuesta fue: el problema lo tienen ustedes, no esas tres mamás. Si una organización hoy tiene problemas para llegar a 60 mil personas no es un problema de estrellato de una ONG, sino que lo digital le ha dado el poder a ciudadanos comunes de movilizar mucha más gente que una ONG con 40 años de existencia.


¿Qué caminos hay para superar este problema?


No creo que sean dos modelos diferentes. El tema es que la sociedad fue mucho más rápido que las instituciones. Lo digital generó que ciudadanos comunes entiendan mucho más rápido que las organizaciones, que tienen una capacidad de cambio y de respuesta mucho más lenta que tres mamás con 50 mil likes en una page. Igual soy optimista: veo una evolución hacia lo digital de las OSC más tradicionales, que se dieron cuenta de esta tensión. Y por eso tenés muchas que invierten en pasar sus modelos a una estrategia mucho más digital. Estamos en un periodo de transición. Van a haber organizaciones que se van a adaptar, y otras que no y van a tener serios problemas para mantenerse relevantes.


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